miércoles, 27 de julio de 2011

Indignado (1)

Son cerca de las dos y media de la mañana y no tengo otra cosa más interesante que hacer que estar indignado.
No se trata de esa indignación con la cual dentro de unos minutos ves a alguien y terminas riendo; sino el tipo de indignación de insultar a cualquiera, por cualquier cosa, e incluso llegar a agredir al peluche que tengo encima de la cama.
Y es que se suman muchas cosas:
- Mañana madrugo (me levantaré a las 11, por lo que, por supuesto, madrugo).
- Mi novia me ha dado varios sorbos de una bebida energética y muy posiblemente me vaya a estar dando vueltas en la cama largo tiempo, aunque por ahora mato los minutos de vigilia escribiendo chorradas como éstas.
- Mañana se toma una gran decisión; un nombre, una identidad que marcará el rumbo de un grupo de amigos y que nos marcará a fuego cuales caballos, por lo que la expectación es máxima y los nervios están a flor de piel (en realidad, eso me la viene soplando, pero es que esta lista se quedaría muy pobre si no añado tontadas de este calibre).
- El puto Ares no me baja una canción, y no entiendo por qué, si tenía tantas estrellitas...
- Un rapero me ha amenazado con cantarme sus cerca de 120 canciones escritas durante su larga vida profesional. Es para acojonarse.
- Me pica la barba. Barba que mañana morirá.
- Y, por último, y más indignante que todo lo anterior junto, es que me ha llegado la maldita factura del maldito teléfono. Debo pagar de este mes anterior cerca de 50 euros, teniendo una tarifa que sólo me obligaba a pagar 20. Con la cara blanca, he buscado rápidamente un teléfono de atención al cliente, para enfrentarme con uno de esos comerciales sudamericanos que muy pocos tienen el privilegio de entender. Por suerte, he llamado y la señorita que me ha atendido, a parte de ser sudamericana, ha sido muy agradable y todo lo que ha dicho ha sido perfectamente inteligible, resolviendo mi malestar y señalándome como único culpable, al ser yo el que haya gastado esa cantidad, y no un "robo" por parte de la operadora, como mi indignación señalaba nada más ver la elevada factura.
Una vez resuelto el caso, le he dado la máxima puntuación, por su amabilidad, y me he puesto a escribir lo indignado que estoy.

Hala.

domingo, 24 de julio de 2011

12 días viviendo sin mamá (Parte final)

Entro en la recta final. Un último sprint que se afronta con cada vez menos fuerzas pero con la alegría de saber que quedan apenas cuatro días para volver a reunirme con mis padres y mi hermana. He ido sintiendo que el sueño de vivir sin padres durante 12 días se ha ido convirtiendo en una pesadilla.

DÍA 9: Me doy cuenta de que las plantas de mi madre están en un estado crítico. Hasta hoy no me había acordado de regarlas. Llevaba sin regar un tiesto desde que tenía… 9 o 10 años. Puede que me vuelva algo filosófico, pero ¿para qué sirve una plana? No te da cariño, no te aporta nada y sin embargo tienes que estar preocupándote de que no se muera. Sale más a cuenta comprar unas de plástico. El mayor problema del día me lo encuentro después de cocinar. El cacharro donde se deposita el aceite después de ser usada se ha llenado. Como no sé qué hacer con ese aceite lo dejo en la sartén, tal y como está. Decisión acertada.

DÍA 10: Empieza a darme asco comer siempre con los mismos cubiertos, platos y vasos y decido limpiarlos poniendo fin al modo “ahorro de energía”. Fregar es algo horroroso. No puedo comprender como en pleno siglo XXI, en una casa donde hay ADSL y televisores de Alta definición se siguen lavando los platos a mano y no tenemos lavavajillas. Horas después de fregar me derrumbo por primera vez, al décimo día. Después de haber estado 20 minutos fregando esos vasos y esos platos seguían estando sucios. Todo el esfuerzo y sacrificio había sido en vano. Y para colmo, tenía que volver a fregar las plantas.

DÍA 11: El perro concentraba toda mi atención. Era el único ser en la casa con quien podía comunicarme. Como premio por su fidelidad, estos días le he dado largos paseos y no me separaba de él en todo el día. He fracasado con la comida yéndome a comer a la casa de mi abuela, con la limpieza después del capítulo de los platos mal fregados, a la hora de comprar en un establecimiento donde trabajo… Con él no. El perro se ha ganado toda mi confianza y mi cariño y creo que he sido un buen dueño para él.

DÍA 12: Me levanto de una cama que no he hecho ni un solo día con una sonrisa en la boca, y es que esta dura etapa llega a su fin. Trabajo a marchas forzadas recogiendo del suelo las bolsas vacías de patatas fritas, envoltorios de chicles y caramelos, ropa limpia y sucia que he ido dejando por la casa… En apenas dos horas mi padre me llamará para que vaya a recogerlos y esta agonía que ha durado 12 días llegará a su fin. No creo que noten suciedad en la casa. Sería una grave puñalada a todo el trabajo que he llevado a cabo durante toda la tarde.

Hay chicos y chicas de mi edad que son capaces de vivir un año entero sin estar sus padres y sin que sean ayudados por una asistenta o los empleados de una residencia de estudiantes. No sé cómo lo hacen. Tengo claro que yo no podría. Ojalá nunca tenga que moverme de mi pueblo para encontrar trabajo porque no sería capaz de vivir sin mis padres más de 12 días. Tampoco entra en mis planes, ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo, irme a vivir con una posible pareja dentro de muchos años. Seguro que ella no lo haría tan bien como mi madre.

Te quiero, mamá.

jueves, 21 de julio de 2011

12 días viviendo sin mamá (Parte 2)

Como balance global de lo vivido los cinco anteriores me quedo con la sensación de que me he defendido demasiado bien, mucho mejor de lo que me esperaba. Las latas de judías, de lentejas, de cocido, etc. no están al nivel de las que puede hacer una madre, pero como sustituto temporal cumplen su papel a la perfección. Tampoco me imaginaba que el apartamento fuera a estar tan sumamente limpio. Quizá si no hubiera estado acompañado por tres amigos y ese apartamento hubiera sido mío la suciedad se habría apoderado de ese piso. Comprobaré a partir de ahora si viviendo completamente solo soy capaz de plantar cara de forma individual a los problemas de alguien que no vive en casa de sus padres.

DÍA 6: Hoy es el último día de la estancia en Cullera. Me levanto a las 12.30, cuando mis amigos ya están terminando de recoger sus cosas. Nadie me ha despertado. Mucho mejor. Van a quedar atrás esas noches en la playa,  no podré cotillear a los vecinos por el balcón y volveré a probar el agua después de casi una semana. Lo he pasado tan bien que da pena saber que hasta dentro de un año no volverá a repetirse esa situación. Llego a mi casa tras tres horas de viaje. Sólo me espera el perro. No es que nos tengamos demasiado cariño, pero nos necesitamos si los dos queremos salir adelante; como si se tratara de la relación que tienen Alberto Ruíz-Gallardón y Esperanza Aguirre. Es la hora de cenar. Me lleno de valentía y me hago la cena. Sartén, aceite, dos filetes rusos y patatas fritas. Salió bien, pero odio estar viendo y oliendo la comida y no poder comértela. El perro jamás vivirá con tal angustia.

DÍA 7: Me pongo el despertador a las 12.30. Tenía que hacer la compra e ir al banco. Era la primera vez que iba al banco y la chica de la Caja Rural que me atendió se dio cuenta rápidamente (por cierto, una chica muy maja y guapa). El delincuente que todos llevamos dentro salió de mí y me entraron ganas de meterme la mano bajo la camiseta fingiendo tener una pistola y decir que me dieran el dinero. Y es que allí había dinero, mucho dinero. Apenas a 100 metros, el Mercadona. Justo al entrar en la tienda me doy cuenta de que la he cagado: la lista de la compra se ha quedado en la mesa de la cocina. Se me olvidó comprar lo que quizá sea más importante: los conos de helado. Siempre he pensado que mi madre me engañaba cuando decía que se le había olvidado comprar bolsas de patatas fritas o helados. Creo que la debo pedir perdón por haberle acusado de no comprarlo a propósito. Llega la tarde y voy a ver a mi abuela. Me ofrece comer mañana en su casa. Acepto intentando no parecer un desesperado. No me tomaba como un fracaso de mi reto individualista el hecho de comer un día en la casa de mi abuela, simplemente como una salida a cenar al burger con los colegas, pero sin colegas y sin ir al burguer. Por la noche, por segundo día consecutivo me vuelve a salir bien la cena, sintiéndome el nieto de Arguiñano. Decido poner en marcha el método "ahorro" y utilizo los mismos cubiertos que había usado en la comida, algo que, salvo cambio de estrategia, será así en el resto de días.

DÍA 8: Me levanto a las 13.20. Justo para pegarme una ducha e ir a comer a la casa de mi abuela. Decido ir con el perro ; al fin y al cabo él también tiene derecho a comer algo cocinado por mi abuela. Notaba en su mirada que supo captar mi complicidad y que tenía la esperanza de poder comer parte de la comida hecha por mi abuela. Llamo al timbre de su casa. Mi abuela me abre y me recibe ella, sus dos perros y un olor a fabada celestial. Deberían sacar un perfume con esa sensacional fragancia. No hay palabras para describir lo que sentía cuando las cucharadas de fabada caían desde mi boca hasta el estómago. Parecía imposible que llevara sólo ocho días sin haber comido nada hecho de forma artesanal. Por fin consumo una comida que no había sido congelada sin ser bollos ni chucherías. Mi salud agradecerá haberme nutrido con algo natural. Termino de comer y mi abuela me ofrece comer allí mañana. Rechazo el ofrecimiento, pero dejo la puerta abierta a comer el décimo día. Ella me propone comer esos dos días y el resto de los días que no tengo a mi madre en casa. Es demasiado como para decir que no. Si lo hubiera rechazado me habría arrepentido más que los tíos que seleccionaron a los concursantes en la última edición de OT. Con esto empezaba a consumarse mi fracaso, he de admitirlo. No hacerme la comida es un golpe muy duro a mi supuesta independencia. Pero más duro es intentar hacerlo bien y que te salga mal. No hay más que ver las croquetas de esa misma noche. Unas croquetas que hice con toda la ilusión del mundo, pretendiendo que la cena estuviera al nivel de la fabada que me había preparado mi abuela. Sin embargo, lo que es imposible, se convirtió en posible. Las croquetas estaban quemadas por fuera y congeladas por dentro. ¿Cómo es posible? ¡No puede ser! Esa duda me sigue recorriendo el resto de la noche.

Crítica a Harry Potter y las Reliquias de la Muerte (sin spoilers)


Hoy iba a ser un gran día. Lo reconozco, me he levantado con una dulce sonrisa en mi rostro matutino y, ¿para qué negarlo?, mezclando emoción, impaciencia y pizcas de nostalgia y tristeza, he recordado que hoy era el día: el día en el que todo acababa, en el que una de las mejores sagas de la literatura juvenil (por no decir la mejor y más carismática) llegaba a su fin, en lo referente a las adaptaciones cinematográficas.
Harry Potter ponía punto final a su aventura, aquélla que empezó por el 97 (la primera película se estrenó en el 2001) y que 14 años más tarde ponía el broche final a una de las historias más mágicas y maravillosas jamás narradas. Para una persona como yo, fiel seguidor del mago más famoso de todos los tiempos (muy por delante de Merlín o Rappel), hoy era un día muy especial, y los nervios y las altas expectativas sumían mi estado de ánimo.
Aunque, a decir verdad, nunca tuve una cierta esperanza de que me fuera a agradar esta película; ya había tenido que soportar en anteriores entregas (sobre todo a partir de la cuarta entrega) películas que no hacían sino insultar a una saga que se había ganado el corazón de millones de personas. Quizás el estúpido haya sido yo, por esperarme que, por una vez en mucho tiempo, fueran conscientes de que esto es algo muy grande y que, por lo menos por esta vez, tendrían que haber seguido el argumento exacto, debían haber respetado lo que una formidable escritora escribió y plasmó en páginas, que para muchos nos acompañarán en nuestros corazones para siempre.
Pero no.
Como era de esperar, el estilo se opuso a la sustancia.
Era de esperar que el señor David Yates, director del film, (y no único culpable de esta tomadura de pelo) prefiriera gastarse más dinero de la cuenta en usar más efectos especiales, hacer una batalla final más espectacular, más "entretenida", más comercial, a fin de cuentas, y pasarse por el forro de los cojones lo que en verdad ocurrió en las páginas de esa gran obra titulada Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, la cual ha tenido una adaptación cinematográfica cuanto menos vomitiva y repugnante.
Sí, vale, quizás me esté pasando;es muy difícil llevar un libro de casi 700 páginas a una simple película, pero, joder, no olvidemos que han hecho dos películas de un solo libro. Y, en realidad, ese no es problema, porque han tenido todo el tiempo del mundo para plasmar lo que en verdad pasó(en el libro o, mejor dicho, en la mente de la escritora), pero lo que más quema (me abrasa, sinceramente) es que se inventen cosas. Y no sé a santo de qué.
No me hubiera gustado estar junto a JK Rowling en el momento que contempló la película que cerraba el telón a la saga y al universo que había creado. Seguro que llovieron hostias de la mala leche que se le tuvo que poner.

Como podréis suponer por mi vocabulario y por la crueldad de mis palabras, es evidente que he salido muy mosqueado de la sala de cine. Esperaba que, al ser el gran final, tuvieran la vergüenza de ser fieles, de retratar en movimiento lo que ya muchos leímos con emoción, pero, tras ver esa ofensa de casi dos horas y media, lo único que he sentido es furia y ganas de insultar a su director y al resto de iluminados que hicieron esa basura.
Eso sí, desde otro punto de vista: si no has leído el libro, te va a resultar "chula". Nada más.

Dejando de lado mi gran cabreo, no voy a ser yo quien se quede con mal sabor de boca; es muchísimo más recomendable y más "sano" leerse los libros: siete pequeñas obras de arte que son y serán inmortales. Para siempre.
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