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viernes, 16 de septiembre de 2011

La culpa es de los padres

No hay nada que me relaje más que escuchar música viajando en autocar. Junto a la ventana, en la parte de atrás, con el asiento tumbado, pies sobre la plataforma, brazo sobre el soporte de la ventana y cinturón de seguridad. Nada hacía pensar que el viaje iba a ser una tortura.

Con la posibilidad de elegir en qué autobús voy, en la estación me inclino por el modelo más antiguo de los dos coches, el que más acostumbrado estoy a viajar. Sube una familia compuesta por un padre, una madre, un niño de unos cinco años y otro de aproximadamente uno y medio. Se sientan al otro lado del pasillo, paralelo a mí. Mala señal.

El padre y la madre, juntos; el pequeño, sobre la madre, y el grande... el grande sentado solo y gritando porque la madre no quería ponerse junto a él en el asiento de atrás. Prefería dejarle solo, sin cuidarlo. Más tarde sabría por qué. Según pasaba el tiempo el volumen de voz de estos seres sin civilizar aumentaba. Al igual que aumentaba mi sorpresa al ver el comportamiento de retrasado mental del padre de familia. Este individuo se dedicaba a pegar cogotazos en la cara y en la cabeza a sus dos hijos para hacerlos de rabiar, haciéndolos incluso llorar. La madre, a la que se le veían las tetas casi enteras porque el pequeño de sus hijos le tiraba de la camiseta, regañaba y pegaba a su pareja para que cesara su actividad de subnormal. Mis miradas desafiantes, toses abultadas e interjecciones no eran recibidas por el receptor y tampoco las regañinas de su esposa/novia, y el muy payaso seguía con sus actos dignos de niño de 3 años.

Por si el personaje con hijos no hubiera quedado en evidencia suficientemente, el autobús frena cuando él está en cuclillas sobre el asiento y de espaldas al respaldo. El homínido cae al suelo aparatosamente para el escarnio de los demás pasajeros. Hubiera sido justo que en la caída hubiera sufrido algún tipo de lesión, pero por desgracia este mundo de justo tiene poco. Al igual que los perros más tontos, no aprende de sus errores. El muy imbécil arrebata el bebé a la madre y lo coloca sobre el reposacabezas del asiento y con la cabeza hacia la parte de atrás, mirando al suelo. Por suerte para el pequeño, la madre, algo más responsable que el desprecio de padre, vuelve a coger a la criatura antes de producirse un posible accidente. Y a todo esto, lo únicos que conseguían mis miradas con la peor de las caras de mala hostia que era capaz de poner era que el parásito humano borrara esa sonrisa de gilipollas que tenía al hacer el tonto y se callara la boca durante no más de 10 segundos.

Por suerte, esa especie de familia Simpson sin gracia alguna abandona el autocar en Perales. 10 minutos de descanso para disfrutar de la música de Melendi sin perturbaciones.

martes, 16 de agosto de 2011

Mi diario. 16 de agosto de 1998

Amigos, vengo del pasado. Vengo del pasado y no para ver la Jornada Mundial de la Juventud, ya que soy un crío de hace 13 años y no de hace trece siglos. Mi tarea es, simplemente, publicaos lo que he hecho el día de hoy hasta el momento en el que pegué este salto espaciotemporal.

Como presentación, para los que no me conozcáis, soy un chaval de siete años que vive tranquilo a la espera de un hermanito o hermanita en la localidad madrileña de Villarejo de Salvanés.

Hoy el día ha ido como siempre. Por la mañana mi madre me ha regañado porque anoche tiré al suelo la ropa que me quité para ir a dormir y me ha amenazado con quitarme la Nintendo64 y la GameBoy. Como no le he hecho ni puñetero caso, ha cumplido su advertencia. Por suerte ya había empezado Con Mucha Marcha en La 2 y he tenido con qué entretenerme. ¡Ya me sé el LetiRap entero!

Horas después han venido a buscarme. Como hacía mucho calor para jugar al Bote Botero, al Escondite o a Polis y cacos hemos ido al campo. En concreto hemos ido al lado de la carretera de Valencia, donde hemos hecho calvos a los camioneros. Hoy sólo hemos conseguido que cuatro de ellos nos peguen un bocinazo, muy por debajo de la media.

Ante tal fracaso, Jorge ha ido a su casa con la excusa de beber agua y ha cogido un mechero sin que se enteren sus padres. Esta vez teníamos que tener más cuidado, ya que justo hoy hace una semana que causemos un incendio en el campo. Si no llega a ser porque el camión de los bomberos llegó pronto se habría liado una muy gorda. Esta tarde el mechero lo hemos usado solamente para quemar hormigas y un par de lagartijas que habíamos conseguido matar a pedradas. Los zapateros tuvieron más suerte y murieron ahogados en una botella de agua. La verdad es que me da bastante asco coger estos bichos con la mano, pero merece la pena por lo que se disfruta después.

Ya por la noche nos dimos cuenta de que unos señores habían vuelto a arreglar la farola, una farola que debe estar rota para que nos sintamos útiles. Tarea a priori fácil debido a la enorme cantidad de piedras que había por la zona. Y digo a priori porque a lo lejos una pareja de viejos nos vio cargarnos la farola y tuvieron que montar el numerito. Que si "sois unos vándalos", que si "menudos sinvergüenzas", que si "vamos a llamar a la Guardia Civil", que si "se lo pienso decir a vuestros padres"... Y ahora toca vivir con el miedo de que, efectivamente, esos señores mayores conozcan a mis padres y les chiven la forma que los niños de pueblo tenemos de entretenernos.
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